Siempre se oyen noticias de catástrofes en la montaña. En el Gorbea, en navidades siempre muere alguien, se pierden otros tantos, hay rescates,... pero yo, tras subir por primera vez hace cosa de dos años, lo primero que dije al respecto seguro que fue algo tipo “es que hay mucha gente que no tiene ni idea, se mete por caminos que no conoce, inexpertos...”. Este verano, habían muerto 3 personas en los Pirineos en la misma semana en que yo fui allí a subir La Mesa de los Tres Reyes. Iba confiado, con el historial montañero que tengo no tenía por qué pasarme nada. Pero haber subido 20-25 cumbres en los últimos años nunca puede considerarse como “una gran experiencia”, primer gran error.
Ayer, a las 9 de la mañana, emprendimos la subida al Gorbea, desde Sarria, un pequeño pueblecito cercano a Vitoria. Un itinerario que conocía y que no presenta grandes dificultades, un par de rampas pronunciadas, pero nada que con un poco de paciencia no se pueda superar. Fui con Rubén y Aitor, el día salió muy nublado (demasiado) pero emprendimos la marcha confiados. La temperatura era bastante agradable y ni siquiera se notaba ese tan famoso y molesto viento que azota siempre esta subida. A falta de media hora para hacer cumbre, se nos echó la niebla,... pero coronar era sencillo ya, sólo se trataba de seguir subiendo por la loma en que se encuentra la cruz... Poco después, tras una rápida ascensión que duró poco más de dos horas, llegamos a la cima, 1482 metros, punto culminante de Álava y Vizcaya. Había tanta niebla que no pudimos ver la cruz (uno de los grandes iconos vascos) hasta que la tuvimos prácticamente delante (y eso que mide 17 metros). Un par de fotos de rigor en la cumbre y nos dispusimos a emprender la bajada, con las increíbles vistas que hay desde la cima anuladas por la niebla, poco quedaba por hacer allí.
El camino no parecía muy difícil de seguir, pero nada más comenzar a bajar dudamos. Aitor se decantaba por una bajada más hacia el oeste, y yo más hacia el este. 5 minutos antes habíamos pasado por allí, parecía todo tan sencillo,... pero la niebla lo complica todo y fue ahí donde cometimos la primera gran imprudencia. En vez de volver a la cruz a orientarnos de nuevo, comenzamos a bajar, siguiendo una ruta intermedia a las dos que habíamos propuesto (“seguro que llegamos, antes o después encontraremos el camino”). En toda la subida no habíamos atravesado ningún bosque, la ruta no pasa por ninguno. Ahora, a los 15 minutos de bajada, nos encontramos encerrados entre 2 bosques, uno a cada lado del supuesto “camino” que estábamos siguiendo. Nuevo error, más nos habría valido volver a la cumbre, orientarnos... perder una hora,... pero coger el camino bueno. No lo hicimos, “bajar hay que bajar por un sitio u otro,... a algún lugar llegaremos”, y seguimos bajando, por uno de los bosques. El sitio era mágico, cientos de hayas bañadas con una espesa niebla, musgo por doquier, hojas cubriendo el suelo, ruidos de animales a lo lejos, ramas partiéndose,... pero el bosque se fue cerrando más y más... Pero ahora ya habíamos metido la pata hasta dentro. Habíamos bajado unas laderas demasiado empinadas y llenas de barro como para tratar de volver a hacer cumbre. No quedaba otra que seguir internándonos en el bosque...
Al de un rato, encontramos un riachuelo, bingo, seguir el cauce de un río siempre ayuda, hace que sigas una ruta y no terminar dando vueltas y vueltas sobre ti mismo. A los pocos metros, cuando el bosque se cerraba más todavía, el río pasó a ser subterráneo, pista perdida. ¿Qué hacer? Seguir caminando, bajando, perdiendo altura... al menos, al descender, la niebla iría siendo menos densa y sería más sencillo situarse.
Otro gran error que se me ha olvidado comentar. Siempre que voy al monte me llevo un montón de comida, manzanas, plátanos, chocolatinas, bocadillos, agua,... nunca está de más llevar algo para picar, nunca sabes las horas que vas a tener que estar caminando. Ayer, salí de casa con tanta prisa, que por primera vez en mi vida no llevé comida ninguna en mi mochila. Y para colmo Aitor tampoco. Ahí estábamos los tres, perdidos en mitad de un bosque (dentro de un parque natural bastante amplio,...) y con un bocadillo de jamón y medio paquete de galletas en la mochila de Rubén.
Otro momento para la esperanza, un rato caminando, y apareció un hito de piedras y unas marcas rojas de “Gran Recorrido”, bingo de nuevo, estábamos en mitad de un camino, lo de menos era saber a dónde iba a parar, podríamos llamar a un taxi desde cualquier sitio e ir a recoger el coche al punto de partida.
Pero volvieron a desaparecer las marcas con la misma facilidad con que habían llegado ante nosotros. Al menos aquí el Gorbea se portó bien con nosotros, y nos regaló otro cauce de río que seguir, este bastante más caudaloso que el anterior. Cerca de donde habíamos dejado el coche, el río Baias penetra en un valle,... sería éste el mismo río? Estábamos salvados. Se trataba ahora de no apartarse del río, seguir su curso,... y seguro que en menos de una hora estábamos sentados en el coche riéndonos de nuestra imprudencia.
El paraje era increíble de nuevo, todo lo que rodeaba al río lo era. Helechos impenetrables, espinos que te dejaban marcas en las piernas a casa paso que dabas, remansos en el río, piedras perfectas para ser utilizadas de puente, una cueva,... pero al de una hora de andar, la cosa no cambiaba, andábamos y andábamos,... pero los helechos crecían, no había rastro ninguno de un camino, el cansancio iba haciendo mella, y encima, el saber que no tienes más comida ya que un bocadillo para tres personas comenzaba a preocuparnos, el ánimo decaía. Pero el Gorbea se empeñaba en obsequiarnos con pequeños detalles cada rato, para no perder el ánimo. En un pequeño remanso del río nos encontramos una garza bebiendo, que al escuchar nuestra presencia salió volando, espectacular imagen la de verla atravesar el valle,... esas vacas a las que nuestra presencia les era totalmente indiferente, caballos,... y una poza con una cascada preciosa. Dentro de la preocupación, estábamos disfrutando con todo lo que estábamos viendo. Me quedo con un detalle sobre todos los demás, esas hayas con los troncos cubiertos de musgo. Al abrazarlos para salvar una roca, era como si abrazases a la propia naturaleza, los dedos quedaban hundidos en el musgo y te apetecía quedarte ahí para siempre. Pero eran ya casi 4 horas de bajada las que llevábamos, el doble de lo que nos costó la subida y el ánimo cada vez iba a menos,... las fuerzas comenzaban a fallar, nos íbamos viendo cada vez más torpes,... Al fin, cuando llevábamos casi 3 horas siguiendo el penoso (y precioso) cauce de un río que parecía no iba a acabarse nunca,... divisamos un puente, el mismo puente que habíamos atravesado casi 6 horas antes, al iniciar la marcha.
Tuvimos mucha suerte, nos perdimos y sin saber muy bien cómo, aparecimos otra vez en la ruta original, llegando poco después al parking donde habíamos dejado el coche, contentos y con la lección más que aprendida. Por muchos años que se lleve subiendo al monte, nunca hay que perderle el respeto ni menospreciarlo. Ahora queda ya sólo como una anécdota para recordar, pero cuando llevas 4 horas perdido, la incertidumbre crece y crece en tu cabeza, no te deja razonar, te equivoca de camino, te hace ser más torpe de lo que realmente eres... Lo que desde ayer tengo claro es que amo la montaña y que no será la última vez que vaya al Gorbea, volveremos a vernos, con o sin niebla, palabra.

